
Hay alimentos que se comen y otros que, además, nos cuentan. La arepa pertenece a esa segunda categoría. Crujiente por fuera, tierna por dentro y siempre dispuesta a recibir un relleno, acompaña desayunos apurados, cenas familiares, viajes por carretera y reencuentros lejos de casa.
Una raíz indígena anterior a los países
Mucho antes de que existieran las fronteras actuales, los pueblos originarios del norte de Suramérica ya transformaban el maíz en masas y panes circulares cocidos sobre superficies calientes. Estudios históricos y gastronómicos sitúan esa raíz prehispánica en un territorio amplio que hoy comparten Venezuela y Colombia. Por eso, atribuirle una partida de nacimiento moderna sería reducir una historia que comenzó siglos antes de ambos Estados.
En el territorio venezolano, aquella preparación se integró de forma profunda a la vida cotidiana. El pilón, el budare y el maíz trabajado en casa formaron durante generaciones parte del paisaje doméstico. Más adelante, la harina de maíz precocida simplificó el proceso y convirtió la arepa en una comida todavía más accesible, urbana y universal.
Lo que hace venezolana a nuestra arepa
La arepa venezolana no es solamente una masa: es una comida completa que se abre y se rellena. Ahí aparece un repertorio muy nuestro: reina pepiada, dominó, pelúa, catira, pabellón, perico, queso de mano o carne mechada. Incluso los nombres tienen humor, historia y geografía.
También cambia con cada región. Puede ser más gruesa o más fina, asada o frita, de maíz blanco o amarillo. En los Andes sobrevive la arepa de trigo; en otras zonas aparecen versiones dulces, de chicharrón o de anís. No hay una sola arepa venezolana, sino una familia entera.
Su raíz es indígena y anterior a las fronteras; su forma de vivir en nuestra mesa, de rellenarse y de nombrarse es profundamente venezolana.
Una bandera comestible para Venezolanos en el Mundo
Fuera del país, la arepa se ha convertido en una de las presentaciones más claras de Venezuela ante el mundo. Es fácil de explicar, naturalmente libre de gluten cuando se prepara solo con maíz, admite rellenos locales y, sobre todo, abre una conversación. En una arepera de Madrid, Miami, Buenos Aires o Londres, el primer bocado suele venir acompañado por una historia familiar.
La conclusión no necesita borrar el pasado compartido: la arepa venezolana es venezolana porque Venezuela la convirtió en lenguaje cotidiano, menú completo, memoria colectiva y símbolo de identidad. Su antigüedad no disminuye esa pertenencia; la hace todavía más valiosa.